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Authors: Paul Sussman

Tags: #Policíaca, intriga

El enigma de Cambises

 

Las calcinantes arenas del desierto egipcio esconden soberbios tesoros aún por descubrir. Pero ¿qué nuevas maldiciones podrían caer si la moderna arqueología alumbrara una auténtica epopeya de tiempos remotos? ¿Qué castigo a la avaricia de los hombres representaría desenterrar dos mil quinientos años de historia, cubiertos por la terrible ira del oráculo de Amón? Una furia desatada que sepultó bajo tierra a un ejército de cincuenta mil hombres y que escribió la hermética leyenda del enigma de Cambises.

Paul Sussman

El enigma de Cambises

ePUB v1.2

Enylu
24.02.12

Título original:
The Lost Army of Cambyses

ISBN: 84-01-32994-9

Primera edición: julio, 2003

Segunda edición: julio, 2003

383 Páginas

A mi hermosa Alicky,

por soportarme,

y a mi madre y mi padre,

por apoyarme sin obligarme jamás.

La tropa que había sido enviada para atacar a los amonitas partió de Tebas acompañada de guías, y puede seguirse su avance hasta la ciudad de Oasis, que dista de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica. Cuentan que el ejército llegó hasta allí, pero nada se sabe de su suerte posterior. No llegó al territorio de los amonitas ni tampoco regresó a Egipto. Corre la versión, entre los propios amonitas y entre quienes se la habían escuchado contar a aquéllos, de que cuando los hombres habían dejado Oasis, y en su avance a través del desierto habían llegado a mitad de camino entre la ciudad y la frontera del país amonita, un viento del sur sumamente violento lanzó la arena a montones sobre ellos mientras comían, y desaparecieron para siempre.

H
ERÓDOTO
,
Historia
, Libro tercero,
traducido por Aubrey de Sélincourt

PRÓLOGO

En el desierto occidental, año 523 a.C.

La mosca llevaba toda la mañana incordiando al griego, quien, como si el sofocante calor del desierto, las marchas agotadoras y las magras raciones no fuesen suplicio suficiente, tenía que soportar ese tormento añadido.

Maldijo a los dioses y se dio una bofetada en la mejilla que provocó una lluvia de gotitas de sudor, pero sin acertar a aplastar al insecto.

—¡Malditas moscas! —exclamó.

—No les hagas caso —le aconsejó su compañero.

—¡Qué más quisiera! ¡Van a volverme loco! Deben de haberlas enviado nuestros enemigos.

Su compañero se encogió de hombros.

—Pues quizá sí hayan sido ellos. Dicen que los amonitas tienen extraños poderes. He oído que pueden convertirse en animales salvajes; en chacales, leones y otras fieras.

—Por mí, que se conviertan en lo que quieran —refunfuñó el griego—. Pero como les ponga las manos encima pagarán por esta maldita marcha. ¡Ya hace cuatro semanas que salimos! ¡Cuatro semanas!

Se descolgó el pellejo de agua que llevaba al hombro y bebió haciendo una mueca de desagrado al notar el líquido caliente y oleoso. Habría dado cualquier cosa por una jarra de agua fresca de las fuentes de Naxos; en vez de aquélla que sabía como si cincuenta rameras picadas de viruela se hubiesen bañado en ella.

—No pienso seguir alistándome como mercenario —añadió—. Esta campaña es la última.

—Siempre dices lo mismo.

—Pero esta vez va en serio. Volveré a Naxos a buscar esposa, una buena parcela y un olivar. Ya sabes que eso da dinero.

—Nunca te acostumbrarías.

—Ya lo creo que sí —replicó el griego, tratando en vano de darle un manotazo a la mosca—. Estoy seguro. Esta vez es distinto.

Y, ciertamente, aquella vez era distinto. Llevaba veinte años luchando en las guerras de otros. Era demasiado tiempo. Ya no soportaba más aquellas marchas. Y el dolor de su vieja herida de flecha se le había agravado aquel año. Apenas podía levantar el escudo por encima del pecho. Esa expedición sería la última. Volvería a la isla en la que había nacido y cultivaría un olivar.

—Y bien, ¿quiénes son los amonitas? —dijo tras beber otro trago de agua.

—No tengo ni idea —contestó su compañero—. Al parecer tienen un templo que Cambises quiere que destruyamos. Por lo visto hay allí un oráculo. Es todo lo que sé.

El griego volvió a refunfuñar, pero no quiso seguir con el tema. En realidad, nunca le interesaba saber contra quién iba a luchar. Le daba igual que fuesen libios, egipcios, carios, hebreos o compatriotas. Se alistaba, mataba a quien tuviese que matar y, una vez terminada la campaña, se alistaba para otra, muy a menudo, contra los mismos que le habían pagado por la anterior. En esos momentos su señor era Cambises de Persia, pero hacía sólo unos meses había luchado contra éste en el ejército de Egipto. Así era la vida de los mercenarios.

Bebió otro trago de agua y dejó vagar el pensamiento hacia Tebas, hacia el último día que pasó allí antes de disponerse a partir rumbo al desierto. Él y un amigo, Faedis de Macedonia, bebieron un odre de cerveza y cruzaron el caudaloso Iteru hacia el valle conocido como las Puertas de los Muertos, donde se decía que estaban enterrados grandes reyes. Pasaron la tarde bebiendo y explorando. Descubrieron una estrecha cueva al pie de una pendiente muy escarpada y, casi como si se tratara de un desafío, se adentraron para explorarla. Las paredes y el techo estaban cubiertas de imágenes pintadas. El griego sacó un cuchillo y empezó a grabar su nombre en el yeso: AYMMAXO2: MENENAOY NASIO2: TAYTA TA OAYMAITA EIAON AYPION TOI1 THI AMMONIAI EAPAI ENOIKOY1IN EIIIETPATEYEQ EII'AP... («Yo, Dimacos, hijo de Menendos de Naxos, vi estas maravillas. Mañana marcharé contra los amonitas. Si yo ...»).

Antes de terminar la frase, el pobre Faedis apoyó la rodilla sobre un escorpión. Profirió un grito y salió de la cueva como un gato asustado. ¡Cómo se había reído Dimacos!

Pero quien ríe el último ríe mejor: como la pierna se le hinchó hasta ponerse como un tronco, Faedis no pudo marchar al día siguiente y se ahorró cuatro semanas de tormento en el desierto. ¿Pobre Faedis? ¡Afortunado Faedis!, y rio al recordarlo. La voz de su compañero lo sacó de su ensoñación.

—¡Dimacos! ¡Eh, Dimacos!

—¿Qué?

—¡Mira eso, imbécil! ¡Por delante!

El griego alzó la vista hacia la parte delantera de la columna. Estaban cruzando un valle entre dunas muy altas y, allá delante, con su contorno difuminado por el intenso resplandor del sol del mediodía, se alzaba una enorme roca en forma de pirámide, con los lados tan uniformes que parecían tallados. La visión de aquella mole en un paraje tan desnudo era estremecedora. El griego se llevó instintivamente la mano al amuleto de Isis que llevaba colgado del cuello y musitó una plegaria para protegerse de los malos espíritus.

Marcharon durante otra media hora hasta que, a mediodía, les ordenaron detenerse para almorzar. La compañía griega ya casi se hallaba frente a la roca. El griego fue tambaleándose hacia la base de ésta y se dejó caer en la franja de sombra que proyectaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó crispado—. ¡Oh, Zeus! ¿Cuánto falta?

Varios muchachos empezaron a repartir higos y pan, y los hombres comieron y bebieron. Luego, varios grabaron su nombre en la superficie de la roca. Pero el griego se recostó y cerró los ojos para disfrutar de la brisa suave que había empezado a soplar. Notó el cosquilleo de una mosca que se había posado en su mejilla. Estaba seguro de que era la misma que lo había mortificado durante toda la mañana. Sin embargo, no hizo nada para espantarla. La dejó vagar por sus labios y sus párpados. La mosca echó a volar y, al instante, volvió a posarse. Repitió la maniobra una y otra vez, como si lo pusiese a prueba. Pero el griego siguió sin moverse y el insecto, confiado, terminó por posarse en la frente. Con sumo cuidado, el griego fue alzando la mano, la detuvo a menos de un palmo de la cara y a continuación la estampó violentamente contra la frente.

—¡Ya te he cazado, condenada! —exclamó el griego mirando hacia los restos de la mosca que impregnaban su mano derecha—. ¡Por fin!

Su alegría, no obstante, duró muy poco, pues de pronto llegó a sus oídos un clamor procedente de la retaguardia de la columna.

—¿Qué ocurre? —preguntó limpiándose los restos de la mosca. Se puso en pie y llevó la mano derecha a la empuñadura de la espada—. ¿Nos atacan?

—No lo sé —respondió el hombre que estaba a su lado—. Pero algo ocurre por ahí atrás.

El clamor era ensordecedor. Cuatro camellos desbocados pasaron por su lado como una exhalación echando espuma por la boca. Sus cascos atronaban como si fuesen una manada. Los fardos que llevaban colgaban por detrás, casi desprendidos de sus ataduras. Se oían gritos, unos estentóreos y otros semiahogados. También el viento arreciaba, alborotándole el cabello.

El griego hizo pantalla con la mano para protegerse los ojos y miró hacia el sur, en dirección al valle. Le pareció divisar algo oscuro en la retaguardia. Pensó que era una carga de caballería, pero de pronto una violenta ráfaga de viento le dio en la cara, y entonces oyó con claridad lo que hasta ese momento había sido un grito ininteligible.

—Oh, Isis... —musitó.

—¿Qué ocurre? —preguntó su compañero. El griego lo miró, visiblemente asustado. —Una tormenta de arena.

Nadie se movió ni dijo nada. Todos habían oído hablar de las tormentas de arena del desierto. Se desataban como por ensalmo y se tragaban cuanto encontraban a su paso, a veces ciudades enteras, según se decía, y hasta civilizaciones.

—Si te encuentras con una tormenta de arena, sólo puedes hacer una cosa —les había dicho uno de los guías libios.

—¿Qué? —preguntaron el griego y su compañero al unísono.

—Morir —había respondido el libio.

—¡Que los dioses nos protejan! —se oyó clamar a uno.

Al cabo de unos instantes se produjo la desbandada. Los guerreros gritaban aterrorizados.

—¡Piedad!

—Oh, dioses, ¡tened compasión!

Algunos se desprendieron de sus fardos y echaron a correr enloquecidos valle arriba. Otros subieron trabajosamente por la pendiente de la duna, cayeron de rodillas o se arrimaron a la mole de roca. Un hombre cayó de bruces en la arena, llorando. Otro fue arrollado por un caballo al intentar subir a su grupa. Sólo el griego permaneció donde estaba. No pronunció palabra ni se movió, sino que se limitó a seguir allí, inmóvil, mientras la oscura pared avanzaba inexorablemente hacia él. Por su lado pasaba un incesante desfile de animales de carga y de hombres que, despavoridos, se habían desprendido de sus armas.

—¡Corre! —le gritaban—. ¡Ya se ha tragado la mitad del ejército! ¡Corre, si no quieres morir!

El viento arreciaba y levantaba densos velos de arena en torno a sus piernas y su cintura. Oyó un estruendo semejante al de una catarata. El sol se oscurecía por momentos.

—¡Vamos, Dimacos! ¡Alejémonos! —le gritó su compañero—. Si seguimos aquí moriremos enterrados vivos.

Pero el griego siguió sin moverse, con una sonrisa en el rostro. De todas las maneras de morir que había imaginado, que eran muchas, aquélla nunca se le había pasado por la cabeza. ¡Y en la que se proponía que fuese su última campaña! Era un cruel sarcasmo. Terminó por echarse a reír, sin ganas.

—¿Te has vuelto loco, Dimacos? ¿Qué te pasa?

—Vete —dijo el griego alzando la voz para que se le oyese pese al fragor de la tormenta—. ¡Corre tú si quieres! Me da igual morir donde estoy que un poco más allá.

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